La 81ª edición de la Vuelta Ciclista del Uruguay ya es historia. Tras once etapas de exigencia, el joven de 21 años Pablo Bonilla se consagró campeón y se quedó con la malla oro, confirmando su nombre entre los grandes protagonistas del ciclismo nacional.

Pero más allá del podio, hay un momento que trasciende lo deportivo y se instala en lo cultural. Como manda la tradición popular uruguaya, el año no empieza el 1° de enero. Empieza ahora.

Este domingo 5 de abril, la rambla de Montevideo volvió a ser escenario de ese ritual silencioso pero poderoso: la llegada del último ciclista. Sin cámaras masivas ni ovaciones multitudinarias, ese arribo tiene un peso simbólico que ningún sprint final puede igualar.



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El último en cruzar fue Pablo Correa, representante del Club Ciclista Matadero de Pando. Con su llegada a la explanada de la Intendencia, no solo se cerró la carrera: se terminó la tregua.

Se van el verano, las vacaciones, las noches largas y ese ritmo lento que parecía estirarse sin urgencias. Con ese pie en tierra firme, el país cambia de marcha.

Porque en Uruguay, cuando llega el último de la Vuelta, recién ahí —de verdad— empieza el año