Pero no por homenajes, no por reconocimientos, no por la gratitud que merecen. Vuelven a ser noticia por lo peor: por el maltrato, por el abandono, por el dolor.

En 2008, cuando tuve a mi cargo el área de Salubridad e Higiene, realizamos una inspección que jamás voy a olvidar. Encontramos personas en condiciones inhumanas. Atados. Enjaulados. Postrados. Seres humanos reducidos a una situación que avergonzaba como sociedad.

Gracias a los medios de comunicación, aquello no pudo barrerse debajo de la alfombra. La verdad salió a la luz y se actuó.

Hoy, 18 años después, nuevamente Melo es noticia por aparentes situaciones de maltrato en un hogar de ancianos. Y duele. Duele porque el tiempo pasó, porque se supone que aprendemos, que mejoramos, que construimos controles más firmes y una conciencia más humana. Pero parece que poco o nada ha cambiado.

Hace unos días estaba sentado en la vereda. Pasó un ex compañero, hoy jubilado como yo. Nos saludamos y, casi en broma pero con verdad profunda, me gritó: “Nosotros tranquilos, que cumplimos”.

Casualmente fue el inspector que actuó en aquel momento. Todavía recuerdo su llamado:

—“¡Olivera, venga! Lo que descubrimos acá es una salvajada… venga, venga”.

Lamentablemente, Juancito Araújo tenía razón.

Los años pasan. Nosotros ya cumplimos nuestra etapa. Pero la obligación moral de cuidar a nuestros mayores no se jubila nunca.

Porque una sociedad se mide, sobre todo, por cómo trata a quienes ya lo dieron todo.

Robert Olivera